Martí Boada: “Nos hemos analfabetitzado respecto al medio ambiente”

Entrevista a Martí Boada, experto en ciencias ambientales: "Tenemos que capacitar, formar para ser críticos. La educación y la comunicación basadas en el miedo no tienen efecto."

Ana Maestre Sebastián
 
 
Martí Boada, en un moment de l'entrevista /  Foto: Pablo Ramírez

Martí Boada, en un momento de la entrevista / Foto: Pablo Ramírez

Martí Boada es experto en ciencias ambientales, y fue una de las figuras clave en los inicios de la Escola de Natura de Can Lleonart, la primera institución educativa de este tipo fundada en el Estado español. Además, es docente en los grados de Geografía y Ciencias Ambientales de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y tiene una gran trayectoria en el ámbito de la investigación y divulgación científica.

Si hasta hace 50 años el estudio del medio ambiente era casi inexistente, ahora hemos dado un paso adelante: ya no se trata solo de estudiarlo, sino de adquirir la conciencia necesaria para hacer posible un modelo de vida sostenible, que todavía no se ha conseguido. Según Martí Boada, la educación es la palanca que debe promover el cambio, pero aún no se está trabajando en la dirección adecuada: inculcar el miedo en los niños solo les genera una desconexión hacia lo que les rodea.

¿Qué es la educación ambiental?

En 1968 el Club de Roma elaboró un informe sobre el estado del planeta, y en uno de sus puntos demostraba que si el modelo de crecimiento demográfico, que es prácticamente exponencial, el modelo de impacto en el planeta y de explotación de recursos continuaba igual, la esperanza de vida de los humanos en la Tierra era de 100 años. Esto no tenía precedentes históricos, fue muy grave. Por primera vez, en 1973 se convocó en Estocolmo una conferencia sobre medio ambiente que reunió a un centenar de ministros de Exteriores de muchos países, y lo primero que reconocieron es que la humanidad estaba en peligro. La humanidad, no el planeta.

Hay que entender que los humanos hacemos dos tipos de evolución: una que es biológica, perpetrada a través de la reproducción, y otra que es cultural, que la perpetramos y mejoramos a través de la educación. Por lo tanto, se entiende que la educación tiene que ser la herramienta que debe hacer cambiar las formas de relación de los humanos con el planeta. Y es aquí donde nace la necesidad de poner en marcha una nueva educación que capacite sobre los límites del planeta y que forme sobre el conocimiento del medio. Esto es la educación ambiental, que tiene muchas variables, pero todas las estrategias educativas van encaminadas a capacitar a los individuos, niños y estudiantes, a conocer mejor el funcionamiento del planeta y nuestras relaciones con él, que en esencia es la capacidad para entender mejor el mundo.

Los jóvenes crecen en un cierto estado de alarma sobre el estado del planeta, pero no es lo mismo esto que la concienciación. ¿Se educa y se forma en la dirección adecuada?

Quizá no. Seguramente hay una educación alarmante, que la hacemos con buena fe pero que no debe hacerse. Asustamos a los niños y niñas, y es horroroso. Les decimos que si no reciclan y que si no son buenos chicos con el medio se están cargando el planeta, y eso es una barbaridad. En educación, si asustamos cumplimos un principio formulado por Paul Ehrlich llamado «efecto llamarada»: si a un niño lo asustas o amenazas, no lo motivas sino que le provocas una desconexión.

Esta incapacidad para reaccionar frente a los problemas ambientales se podría explicar también con el llamado «efecto kriptonita», en referencia al cristal con el que Superman perdía toda la fuerza. Podríamos decir que nuestra sociedad está kriptonizada, porque esta alarma hace que nuestros chicos y chicas o se angustien o desconecten. Por lo tanto, esto tiene que hacerse de otra forma.

¿Y cómo se hace? Porque no se está haciendo.

El miedo es un mal instrumento. Debemos capacitar, formar para ser críticos. La educación y la comunicación basadas en el miedo no tienen efecto. No hemos de olvidar que los humanos, aunque a veces nos parezca que no, somos homínidos, somos unos primates superiores, no somos algo aparte. Y, como homínidos, si alguien nos asusta ponemos en marcha el mecanismo de la desconexión para superar el miedo.

¿Cuáles serían las medidas prácticas? Abordar las asignaturas de una forma diferente, incluir novedades en los programas docentes…

Aplicar el principio de Ramon Margalef, que ha sido nuestro gran maestro, que establece que una persona bien informada y bien formada siempre multiplica: su capacidad de análisis, de interpretación, de toma de decisiones… Y en cambio una persona mal informada, como mínimo, resta. Por lo tanto, lo que necesitamos es hacer una buena didáctica de la naturaleza y de la sociedad, conocer nuestro pueblo para conocer nuestro planeta, no es necesario ir a la Amazonia. Por poner un ejemplo, hoy los jóvenes conocéis la vida y milagros de Messi o de los hermanos Gasol, pero no sabéis quiénes son nuestros científicos.

La naturaleza no es algo abstracto, nos rodea, pero entre su estudio teórico y su aplicación práctica hay mucha desconexión. ¿Es posible educar en la línea de la que hablamos sin entrar en contacto con ella?

Sí. En el siglo XXI, los conceptos han cambiado: tecnología, modas… Y el concepto de naturaleza ha avanzado: naturaleza y cultura son una misma cosa. La naturaleza no son solo el Montseny o Montserrat, sino que lo son tanto Sant Cugat como la calle Balmes. Hemos de aspirar a que las ciudades sean habitables. Y el discurso es que no se separa. Los paisajes son una expresión de historia natural, pero también de historia social. A menudo lo que nos pasa en una sociedad tan tecnológica es que estamos saturados de imágenes de mucha calidad del National Geographic o la BBC y pensamos que la naturaleza solo se encuentra en la sabana africana. Tenemos una visión televisiva, de exaltación de lo lejano. Todo el mundo está dispuesto a firmar un manifiesto para que en la Amazonia no toquen un árbol, pero para cosas más cercanas nadie se moviliza. Hay un ideal de pensar que la naturaleza es lo lejano: los niños y niñas te dicen antes cinco animales de la sabana africana que de los pinares de los bosques del Vallès.

Por otra parte, hay un escapismo que nos hace querer que las culturas lejanas no cambien, que sigan viviendo de forma inmóvil y «primitiva». Pero ellos quieren tener las mismas oportunidades que los de Barcelona, y su futuro sostenible lo quieren copiar de los del primer mundo, no quedándose inmóviles como en la era paleolítica.

Si esto ocurriera, ¿la vida humana sería sostenible?

No, claro que no. El 20% del planeta, que somos nosotros, consumimos el 80% de los recursos. Si mañana, de una forma utópica, este 80% restante de la población que solo tiene un 20% de los recursos consiguiera la equidad que invocamos nosotros y vivieran a nuestro nivel, el planeta ya no aguantaría. Necesitaríamos dos planetas Tierra más. Solo son posibles la equidad y la solidaridad si somos capaces de poner en marcha medidas de vida sostenibles para el planeta.

¿Se está haciendo?

No, ese es el reto. Yo soy optimista y creo que saldremos adelante.

¿Los gobiernos destinan suficientes esfuerzos para que estas medidas se hagan efectivas?

No, nadie lo hace. Por eso tenemos mucho trabajo: de los políticos, de los educadores, de la sociedad civil… Debemos ser enormemente críticos. Y los políticos inteligentes, que siempre hay alguno, quieren la crítica, aunque a la mayoría les cuesta. Como dice Margalef, el gran drama de nuestros ecosistemas y paisajes es que no siguen los ritmos electorales, que tienen ciclos cortos, y los problemas medioambientales trascienden los cuatro años de un mandato. Los políticos son muy electoralistas y van a las cosas más inmediatas. Pero repito que creo que tiraremos adelante, aunque hay que arremangarse.

Los jóvenes deben ser críticos con el sistema. Muy, muy críticos. El principio de Bacon establece que tú como académico solo creces a partir de la crítica y la autocrítica. Por lo tanto, hemos de querer la crítica objetiva, no la banal.

¿Se fomenta el pensamiento crítico desde las escuelas y universidades?

No es un tema sectorial, el cambio deben hacerlo tanto los economistas como los periodistas o educadores. Los químicos deben hacerlo diferente, los físicos y sociólogos también… Es un tema interdisciplinario. Cuando alguien predica cosas que no hace, cae en la impostura. Si yo esta noche me como un kiwi de Nueva Zelanda vulnero un principio de sostenibilidad muy grande, ya que esa fruta me aportará 70 o 80 kilocalorías, pero el coste en energía habrá sido el triple. Esto es una barbaridad, ningún otro animal hace eso.

Estos pequeños detalles no se inculcan, y en cambio nos sobresaturan con campañas a favor del reciclaje.

Es cierto, por eso hay que subvertirlo.

¿Cómo? ¿Qué es lo que debe hacerse y no se hace, por ejemplo, desde el punto de vista de los docentes?

No es fácil encontrar la respuesta, y sería arrogante simular que se conoce la fórmula. Pero si cada día nos levantamos con espíritu crítico podemos dar la vuelta a muchas pequeñas cosas. La capacidad reactiva de la humanidad en situaciones difíciles es importante, y hasta ahora siempre hemos salido adelante. Haciendo un poco de trampa, nos lo tenemos que creer. No podemos comunicar negativamente. Críticamente sí, pero negativamente no, porque entonces asustamos e inmovilizamos, aunque sea como estrategia para salir adelante.

Creer que el cambio es posible.

Sí. Antes de que Nelson Mandela me diera el premio mundial del Medio Ambiente de las Naciones Unidas, yo era un naturalista feliz, de todo el monte es orégano. Una naturaleza risueña que no va a ninguna parte. Incluso es una visión de derechas y burguesa de lo que es la naturaleza, pero el realismo social es otra cosa. Cuando nos fuimos, Mandela nos dijo: «No olvidéis nunca que la gran causa de lucha de la humanidad es la lucha por el medio ambiente. Es el elemento clave que revolucionará el planeta y la sociedad.» Abrí los ojos como platos, porque mi visión anterior se fue por los suelos. Yo tenía una cierta tradición crítica, pero eso me comprometió mucho más.

¿Cree que hay mucha diferencia entre las personas que se han criado en medio de entornos naturales y las personas de ciudad? ¿La naturaleza forma?

Sí. Hace un tiempo, en Bolivia, unos chicos fueron a estudiar una etnia para ver qué nivel de conocimiento del medio tenían. Un ciudadano medio, un indígena normal de aquella etnia, conocía 470 plantas. Tiempo después, hablando con un compañero botánico de la Autónoma, le pregunté cuánta gente conoce este número de plantas, y vi que se contaban con los dedos de una mano. Nos hemos analfabetizado respecto al medio ambiente, tenemos un conocimiento pequeño, lejano y a menudo televisivo.

¿Y esto es compatible con cambiar las cosas?

Debe hacerse. Para defender algo debes conocerlo. Si no sabes que el cuadro que tienes en casa es un Picasso, lo usarás para envolver el desayuno. Ahora el valor de un territorio no se mide por los indicadores económicos estrictamente, sino por la biodiversidad que contiene. El conocimiento del medio es importante para entender la salud del medio y la nuestra propia. Y sí, se nota el crecimiento en un entorno rural o urbano. En el mundo urbano, no es que la esperanza de vida sea más corta, pero la gente tiene más problemas de salud y el sistema inmune es más débil.

Tenemos muchos datos, conocemos las dificultades de la situación y los riesgos que se derivan de ella, pero todavía miramos hacia otro lado ante lo que no nos gusta.

Hay imágenes alarmistas penosas, secuencias catastrofistas sin sentido. Recuerda que cuando asustas comunicando haces un mal servicio a la comunicación.

Martí Boada,

Martí Boada, en un instante de la entrevista. / Foto: Pablo Ramírez

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