Yayo Herrero: “El ecofeminismo habla de la política de lo cotidiano”

Yayo Herrero, antropóloga ecofeminista, habla del ecofeminismo como corriente de pensamiento y movimiento social porque trata de llegar a la transformación real de las vidas de las personas.

Elena G. Ruiz
 
 
 
Yayo Herrero, antropóloga ecofeminista

Yayo Herrero, antropóloga ecofeminista

«La esencia del ecofeminismo defiende que existe un diálogo posible y fructífero entre el ecologismo y el feminismo», explica Yayo Herrero, antropóloga social y cultural, educadora social, ingeniera técnica agrícola y feminista ecologista. «Hay muchas raíces que nos permiten explicar por qué vivimos en sociedades patriarcales que también se encuentran en la idea de por qué se construyen sociedades que van en contra de la naturaleza.» Y el ecofeminismo, como corriente de pensamiento y movimiento social, trata de abordar y entrelazar todas estas cuestiones para llevarlas a lo cotidiano.

¿El punto de partida del ecofeminismo?

Pensar en qué es lo necesario para sostener la vida humana y darse cuenta de que los seres humanos somos ecodependientes, porque dependemos de la naturaleza, y interdependientes, porque nuestra vida en solitario es imposible. Sobrevivimos porque hay otras personas a nuestro alrededor que cuidan de los cuerpos vulnerables que encarnamos. Lo que sucede es que vivimos en un marco cultural, económico y político que da la espalda a todas estas necesidades. El modelo capitalista destruye la naturaleza y crece explotando e invisibilizando el trabajo de cuidados que, mayoritariamente, realizan las mujeres para cuidar cotidianamente de la vida. Este trabajo lo realizan las mujeres no porque estemos mejor dotadas genéticamente, sino porque es el rol que la división sexual del trabajo nos impone. Y el ecofeminismo se centra en la denuncia de un modelo ecocida, patriarcal, colonial y capitalista injusto, y propone alternativas para salir de él.

¿El ecofeminismo atraviesa todos los aspectos de la vida?

Efectivamente. Se trata de una mirada que atraviesa la organización cotidiana de la vida, de la economía, de la propia concepción de la ciencia, la política, el marco del derecho, la educación… Cuando colocas como centro esencial la sostenibilidad de la vida humana —una vida que valga la pena vivir— es cuando empiezas a mirarlo todo distinto. Y para ello la educación es clave. Todas las culturas han tenido sistemas educativos más o menos complejos que pretendían transmitir a las nuevas generaciones lo que parecía necesario para poder vivir en un marco social concreto. Nuestra cultura hace lo mismo. Ante la situación actual de crisis civilizatoria, nos encontramos con una educación que perpetúa, legitima y asienta un modelo que es muy destructivo. La educación debería permitirnos mirar de otra manera el mundo y ayudarnos a ello y a comprenderlo para poder transformarlo.

¿Cómo se reproduce el modelo capitalista occidental en la escuela?

Creo que en general se trata de un isomorfismo que se reproduce en muchos ámbitos de la sociedad. El modelo cultural occidental es un sistema que se asienta de forma clara bajo una lógica de dominio. La razón prima por encima de las emociones, la mente está por encima del cuerpo —como si fueran cosas diferentes—, la cultura está por encima de la naturaleza, lo mercantilizado y productivo por encima de lo reproductivo. Todo esto se lleva también al marco de la escuela porque, muchas veces, la persona que educa es el receptáculo de la ciencia, la razón, y es también un sujeto patriarcal, que traspasa y reproduce este sistema de dominio sobre las personas que está educando. Freire lo llama «modelo de enseñanza de la educación bancaria», en el que se desprecia a las personas que aprenden y no se las acompaña durante el proceso de crecimiento. Por eso la educación comunitaria es más enriquecedora.

¿La educación debería ser más respetuosa con los ritmos de aprendizaje?

Mucho más respetuosa con los ritmos. No todas las personas aprendemos a la vez ni de las mismas maneras. El sistema capitalista es fundamentalmente homogeneizador porque, básicamente, de lo que trata es de producir en masa y a gran escala. Y eso se lleva al terreno de la educación y de la escuela, donde hay personas diversas que, sin embargo, son educadas bajo la lógica de un sujeto —supuestamente universal— que viene a ser un hombre blanco y occidental. Pero la gran estrategia de la naturaleza para poder mantenerse a lo largo del tiempo ha sido mantener la vida sobre la diversidad. Y en la vida de las personas sucede lo mismo porque hay diferentes maneras de pensar y de aprender, de construir y de alimentarse. Diferentes opciones sexuales y modelos de familia. En lugar de valorar toda esta riqueza que proporciona la diversidad, nos encontramos con un proceso homogeneizador que corta y castra muchas posibilidades reales de las personas para pensar el mundo de otra manera.

Durante la entrevista a Yayo Herrero

Yayo Herrero durante la entrevista

¿El ecofeminismo habla de lo cotidiano?

Sí, habla de la política de todos los días y de la vida misma. De una política enraizada en los tiempos de las personas y en cómo usan el tiempo y los territorios. De qué hacemos con la tierra que pisamos. Una economía y una política des de una perspectiva ecofeminista es la que, de alguna manera, quita la mirada de la vara de medir del dinero y del mundo abstracto de los valores monetarios. La mirada ecofeminista aterriza en las formas de vida y en lo que hacemos todos los días, puesto que es donde se viven los malestares o bienestares, y es desde donde construimos la sensación de vivir una vida que merezca la pena vivir.

¿De habitar el mundo y los cuerpos?

Efectivamente. El tema de territorializar la economía y la política pasa por territorializar nuestra vida y nuestro cuerpo. Se habla de soberanía sobre los territorios, de soberanía energética, del derecho a decidir en un montón de ámbitos. Y las mujeres reclaman el derecho a decidir sobre sus cuerpos, el territorio más próximo. El ecofeminismo es poner cuerpos y territorios. Dentro del feminismo decolonial, las feministas indígenas hablan del territorio de la tierra y del territorio del cuerpo. Para mí, el pecado original de la cultura occidental y el nacimiento del patriarcado y de la cultura antiecológica se encuentra en la separación entre cultura y naturaleza, porque se establece una diferencia entre lo que crea la razón humana y la naturaleza y lo que es la razón con respecto a la parte natural de la vida humana: el cuerpo. La única manera de mantener la ficción de poder vivir al margen del cuerpo y al margen de la naturaleza es explotar la naturaleza y utilizar a ese otro para explotar los recursos que necesitas.

¿El trabajo asalariado explota los cuerpos?

Claro. El nacimiento del trabajo asalariado, que surge sobre todo cuando nace la economía capitalista a partir de la civilización industrial, lo que hace es separar radicalmente el mundo productivo del que se empieza a llamar —más tarde, porque al principio no tenía ni nombre— mundo reproductivo. El mundo productivo pasa a ser solo aquello que tiene reflejo en los indicadores económicos. Se produce una nueva mercancía que previamente no existía, que es la mano de obra. Y la vida de las personas se fragmenta en dos partes: lo que es su vida en sí y lo que es un tiempo que se vende al mercado donde la persona deja de ser persona y pasa a ser un cuerpo explotado, apto para el trabajo, que vende una parte de su tiempo a cambio de dinero. Esto Polayni lo explica muy bien en La gran transformación, donde decía que la cultura capitalista inventa dos mercancías nuevas: las materias primas, porque se necesita un flujo permanente de materias primas, y la mano de obra, y abre dos nuevos mercados. Lo que Polanyi se preguntaba era: ¿qué es la materia prima sino naturaleza?, y ¿qué es la mano de obra sino personas?, y explica que ambas se convierten en falsas mercancías, porque ni la naturaleza ni la mano de obra han sido fabricadas originalmente para ser compradas o vendidas. A esta mutación Polanyi la llama la gran transformación, y decía que si no se controlaba podría tener el peor de los efectos de los fundamentalismos religiosos, por su potencia naturalizadora.

¿Qué supone recomponer cultura y naturaleza?

Cuando vuelves a recomponer naturaleza y cultura, razón y cuerpo, es cuando empiezas a darle la vuelta y a mirar lo que es la vida humana. Se recompone una antropología que te devuelve la esencia humana, que no es esa parte inmaterial trascendente porque no existe la trascendencia humana individual. Los seres humanos  individualmente somos profundamente inmanentes.

¿Se están produciendo cambios des de la percepción ecofeminista de la vida?

En los últimos años, he visto una evolución muy positiva pero muy insuficiente todavía, porque es un tema muy minoritario e invisibilizado, sobre todo, con relación a la magnitud del problema que tenemos y a las urgencias de los tiempos para hacer todas estas transformaciones. Y las lógicas de las campañas electorales y los tiempos de captura y  marketing de votos no ayudan porque son temas que necesitan fondo y profundidad. Son temas de hegemonía cultural que apelan a valores, a miradas y a conceptos que van muy a contracorriente de los imaginarios dominantes. Disputar todos estos imaginarios implica poner cosas sobre la mesa que son incómodas.

El feminismo, por ejemplo, cae tan mal porque interpela a sujetos que son dominadores. Y muchos de nuestros compañeros y compañeras de los movimientos sociales son también sujetos privilegiados que se sienten interpelados cuando las cuestiones feministas se ponen sobre la mesa. Cuando el ecologismo habla del riesgo de colapso y de aprender a vivir con mucho menos se sitúa en una lógica contraria a la mirada hegemónica que hemos construido sobre el bienestar, la vida buena, la libertad… Todo esto lleva su tiempo.

Durante la entrevista con Yayo Herrero

Yayo Herrero durante la entrevista

¿Necesitamos más tiempo?

Mucho. Necesitamos políticas de territorios y políticas de tiempo. En buena medida, la crisis ecológica la podríamos leer en términos de un choque entre los tiempos de la vida humana —con todos sus ciclos— y los tiempos del mercado, porque los tiempos del mercado son lineales, veloces y supuestamente irreversibles, mientras que los tiempos de la naturaleza, la historia y la vida de las personas son lentos y cíclicos. Hasta la democracia y la política requieren mucho tiempo. Necesitamos tiempo para vivir de una manera razonable, justa y sostenible.

En el hambre del tiempo, las mujeres se llevan la palma, porque habitan los tiempos del mercado y los tiempos del cuidado. En buena parte la civilización patriarcal se ha apoderado del tiempo de las mujeres en el marco escondido de los hogares, que genera una plusvalía en forma de tiempo social que muchos hombres y algunas mujeres usurpan para liberar tiempos que dedican al mercado. El tiempo es una cuestión clave del debate.

¿Cómo se subvierte toda esta lógica de vida?

Necesitamos la comunidad y un modelo radicalmente diferente para subvertir muchos de los conceptos que tenemos asentados, como la idea del trabajo, la libertad… Tenemos que sustituir el individualismo y el emprendimiento por la noción de lo comunitario y darle importancia al mundo de las relaciones. Lo común se define porque hay comunidad, y necesitamos de lo común para estar vivas. Hace falta una comunidad que vele y garantice que lo común se mantiene en el tiempo y que cubra las necesidades de todas las personas.

¿Dónde se encuentra lo común?

En muchos elementos de nuestra vida que la cultura occidental y capitalista invisibiliza. Común es la capacidad de hacer la fotosíntesis, la regulación del clima, el ciclo del agua… y todas aquellas cosas de las que dependemos para vivir.

La paradoja de las sociedades patriarcales es que han reducido y convertido a las mujeres en una especie de bien común que se regula bajo las lógicas de la familia patriarcal. El trabajo de cuidados es absolutamente necesario para la vida, y el patriarcado ha articulado un sistema de normas que responsabiliza y obliga en exclusiva a las mujeres a ocuparse de ello. Y el trabajo de cuidados debería concebirse como un bien común que hay que cuidar entre todas las personas.

¿Qué papel tiene el lenguaje en todo esto?

La antropología lingüística siempre ha planteado que el lenguaje canaliza la experiencia. Hay un tipo de lenguaje para cada tipo de sociedad, y a mí me parece fundamental dar importancia al uso del lenguaje no sexista y nombrar a la diversidad. Pero la disputa lingüística no se encuentra solo en este terreno. El lenguaje ha colonizado la cabeza de la gente en la sociedad capitalista. ¿Por qué se llama coste a la educación e inversión a una infraestructura? Si ponemos en el centro el bienestar y el sostenimiento de la vida de la gente, la inversión es la educativa o sanitaria y el coste, a lo mejor, la infraestructura. Tenemos una disputa en el lenguaje por el significar y colocar en su lugar a las palabras. La cultura capitalista es experta en apoderarse de todo y reconvertirlo en otra cosa.

¿El capitalismo vacía las palabras de contenidos?

Completamente. Cuando se analiza lo que hay detrás de algunos planteamientos como por ejemplo la democracia y la libertad, te encuentras que son justamente lo contrario de lo que plantearon las miradas con las que nacieron. A esto Castoriadis lo llama «ética del encubrimiento». Cuando tenemos un problema colectivo y se aterriza en la ética individual —que es una contradicción en sí misma, porque la ética siempre se define en relación con las demás—, se aplica la ética del encubrimiento porque se reduce toda posibilidad de transformación a una acción individual. Es una manera de reducir la acción colectiva e invisibilizar las necesarias relaciones comunitarias y la capacidad de tejer poder popular para darle la vuelta a la situación.

¿Por eso debemos repensar lo común?

Sí. Además, no hay comunes sin comunidad. Y lo común es algo que necesitamos para estar vivas y se define, precisamente, porque hay una comunidad que lo usa, lo cuida y lo gestiona. Y lo común tiene sus límites. Y como lo necesitamos y tiene límites, no puede ser de nadie ni tener un uso irrestricto.

Y todo esto, sin manuales.

Exacto. No hay manuales, pero sí tenemos muchas experiencias de otras luchas y errores de los que aprender, que no te dan un camino claro ni lineal a seguir. Yo siempre digo que hay que aprender mucho del feminismo, porque es uno de los movimientos sociales que en menos tiempo ha conseguido más cosas y transformaciones culturales que son irreversibles. El feminismo es un movimiento que funciona muy bien porque trabaja mucho en el ámbito de la vida cotidiana y de lo concreto. Otros movimientos sociales se mueven tanto en el terreno de la abstracción que no llegan a pasar por los cuerpos.